Inicio » Estrategias » El mensaje oculto de los índices

El mensaje oculto de los índices

Spoiler para recién llegados al mundo de la inversión: A largo plazo, entre un 90% y 95% de los fondos no consiguen batir al índice de referencia que pretenden superar. Esto quiere decir que el fondo de gestión activa (con ese “gestor estrella” tan famoso) que le ofrecen en su sucursal bancaria (o en el lujoso despacho de banca privada, como si fuera algo muy especial y exclusivo “sólo para unos pocos”), tiene solo una probabilidad entre diez de superar al índice. Índice en el que podría invertir de manera mucho más barata (hasta 70 veces más barato) y rentable. Nos lo recuerdan cada año con puntualidad religiosa Pablo Fernández en España y para el resto del mundo los informes SPIVA.

Tras el estupor inicial —si desconocía esta realidad, tómese su tiempo para meditar en qué le han metido sus ahorros todos estos años—, surgen algunas preguntas: ¿Qué se esconde detrás de esta superioridad de los índices frente a la gestión activa de fondos? ¿Se trata de una torpeza generalizada por parte de los gestores, o es consecuencia de la idiosincrasia de una industria con incentivos perversos?

Y la, para mí, cuestión fundamental, motivo de este artículo y de la charla que di en Value School (vídeo a partir del minuto 12:34): ¿Y si el éxito de los índices nos está diciendo algo mucho más importante y profundo sobre la naturaleza de los mercados, y por lo tanto son una pista de cómo debemos o no debemos afrontar las inversiones?

Aunque la pregunta más habitual es la que los propios medios nos inducen a plantear inútilmente:

¿Qué fondos batirán al índice? (para entonces comprarlos en vez del índice)

Esta pregunta está formulada con muy mala intención porque nos induce a intentar “adivinar” ese fondo de cada 10 que en el futuro lo hará mejor que los 9 restantes. ¿Les suenan los típicos titulares en prensa: “Los fondos que más rentan este año”? Obviamente a la industria le interesa que adoptemos esta perspectiva porque entonces estaremos siempre suscribiendo el fondo que creemos superará al resto, cambiando así de fondo como quien cambia de camisa, en vez de “quedarnos quietos” indexándonos.

La pregunta no tiene sentido por dos motivos:

  1. En primer lugar, no es posible predecir hoy cuáles serán los fondos concretos que batirán a los índices durante los próximos años. El hecho de que un fondo lo haya conseguido en los últimos años no es razón suficiente para que siga haciéndolo. De hecho, suele ser indicador de justo lo contrario. Un ejemplo: Sólo un 5% de los fondos USA de bolsa en primer cuartil en 2013 repitieron cuartil en 2014. Y a 5 años, ninguno de los fondos que invierten en acciones de gran o mediana capitalización logra permanecer entre dentro del 25% de los mejores fondos. A pesar de que la prensa y los medios especializados dedican toda su atención y elogios a los fondos que batieron su índice el año pasado, invertir “persiguiendo los mejores fondos” es la peor manera de elegir un fondo de inversión (y sin embargo, sigue siendo el factor determinante con el que la mayoría de los inversores toman sus decisiones de inversión):

  1. El segundo motivo por el que no tiene sentido preguntarnos quién batirá al índice es práctico: no necesitamos saber qué fondos batirán al índice para conseguir rentabilidades razonables, con muy bajo riesgo en el largo plazo. Para ilustrar esto, imaginemos que invertir fuera como apostar en una liga de fútbol de 20 equipos que vaya a durar 20 años. No podemos saber quién acabará siendo el número 1, pero sí sabemos quién quedará siempre segundo por encima del resto de 18 equipos: el índice que todos intentan superar. Es decir, obsesionarse por acertar con el primero, cuando en el largo plazo tenemos fácil acceso al subcampeón —por encima del resto de 18 opciones disponibles—, es en el mejor de los casos frustrante y en el peor muy peligroso para nuestro patrimonio a largo plazo.

¿Por qué ocurre esto?

Pero volvamos a la pregunta principal y dejémonos de interesadas distracciones: ¿Cuáles son las razones del éxito de la indexación frente a otras estrategias de inversión activa?

Aunque son muchas las razones por las que los gestores tienen tantos problemas para superar al índice, resumiremos a continuación las dos más habituales: los costes y la idiosincrasia de la profesión de gestor (hablamos más en profundidad sobre estas razones aquí).

Sin embargo, en el presente artículo me gustaría proponer una tercera causa mucho más profunda y fundamental —casi podríamos decir filosófica— que justifica tanto o más que las habitualmente atribuidas al éxito de los índices como estrategia de inversión.

¿Existe la gestión pasiva?

Antes de continuar, una aclaración necesaria: la gestión “pasiva” no existe. Alguien, si no somos nosotros, en última instancia toma las decisiones —sistemática o discrecionalmente— de en qué, cuánto y cuándo invertir. Como vamos a ver, la dinámica de los índices no escapa a esta condición inevitable. Al invertir en índices estamos invirtiendo según su estrategia de construcción —que por definición es activa—, no inmovilizando el dinero en un cofre en el fondo del mar. El apelativo de “gestión pasiva” utilizado por la industria es pues desafortunado y lleva a equívoco. Se debería generalizar el más apropiado de “gestión indexada” o indexación. Pero entonces,

¿Qué es un Índice?

Aparte de su definición ortodoxa, un índice no es más que un intento de representación simplificada —y como toda representación de la realidad, está sesgada— del mercado. Es importante recordar que su éxito como forma de inversión no fue premeditado ni intencionado en sus orígenes; simplemente se intentó hacer una “foto” de los mercados.

De manera muy resumida, consiste en decidir una cantidad de acciones N a incluir en una cartera junto a un criterio de selección y ponderación, que dará como resultado un número (el “nivel” del índice en cada momento según la cotización de sus componentes subyacentes). Por ejemplo, N=35 en nuestro español IBEX, N=500 para el S&P de acciones de gran capitalización de Estados Unidos, etc. El criterio más habitual es que, para que sean representativas de un mercado, tienen que ser las más “grandes”, entendidas por las que tengan mayor liquidez y volumen de negocio. Un comité de expertos se reunirá periódicamente para evaluar si las N acciones actuales cumplen con los criterios y representan al mercado, o hay que hacer cambios. Es decir, sacar y meter acciones activamente para seguir cumpliendo con el criterio original.

¿Cómo funciona un Índice?

Los índices son por lo tanto un proceso activo cuya dinámica puede intuirse fácilmente observando la siguiente animación. En el vídeo a continuación se representa la evolución de las 10 empresas con mayor capitalización del mundo durante los últimos 20 años. Podemos observar cómo van saliendo y entrando empresas en la lista en función de cómo va cambiando a lo largo del tiempo su capitalización. Construir un índice mundial por capitalización sería tan sencillo como quedarnos con las N mayores empresas de cada momento, metiendo y sacando de nuestro índice las empresas que aparecen y desaparecen a lo largo del tiempo:

Los índices son pues, en esencia, cestas de acciones dinámicas en los que sus componentes se “reciclan” a medida que pasa el tiempo, expulsando las compañías en declive y entrando las que mejor están capitalizando (por el motivo o razones que sea) las dinámicas actuales del presente ciclo económico.

La destrucción creadora de Schumpeter en acción

Los índices son pues mucho más que “una foto del mercado”, son la punta del iceberg —lo que se ve— de un largo proceso previo.

Este proceso de “reciclado” se asemeja a la destrucción creativa que ocurre en la economía real a lo largo de los ciclos económicos y que fue descrito por Joseph Schumpeter en 1942. En las economías de libre mercado y a lo largo de los inevitables ciclos económicos, el proceso de innovación implica la destrucción de las viejas empresas y sus modelos de negocio (las ganadoras en los ciclos económicos previos) por parte de los nuevos productos y modelos de negocio emergentes. Esto se puede ver si hacemos una “foto” de las empresas norteamericanas de mayor capitalización por década desde los años ’60:

Para Schumpeter, la innovación emprendedora es la fuerza que impulsa el crecimiento neto económico a largo plazo, pese a destruir en el camino las compañías de ciclos anteriores. Efectivamente, nada es para siempre. Ni IBM iba a ser eterna en los ’70, ni los FAANG de hoy van a dominar para siempre, por mucho que la miopía del presente nos haga creer lo contrario. A este proceso recursivo e ineludible Schumpeter lo llamó “destrucción creativa”.

Si nos fijamos, los índices ejecutan el mismo proceso de destrucción creadora que la economía, pero aplicado a la selección de sus constituyentes en cartera. En realidad, los índices son el último paso de una estrategia de selección de empresas que empezó décadas atrás con miles de start-ups previas (cuya mayoría fracasaron). Efectivamente, de todas las empresas que nacen, sólo un pequeño grupo llegan a sobrevivir y aún menos a ser rentables. De ese pequeño grupo rentable, sólo un pequeño porcentaje llega con el tiempo a cotizar en bolsa. Por el camino se quedan aquellas empresas incapaces de escalar su modelo de negocio o simplemente sobrevivir. Y de ese minúsculo grupo de empresas que cotizan en bolsa, sólo las compañías más exitosas llegan a formar parte del índice bursátil que representa dicho mercado y, por extensión, lo mejor de la economía del sector, país o región que el índice intenta representar.

Por lo general, una vez dentro del índice, aquellas compañías con mayor capitalización tendrán un mayor peso en el índice. Así, cuanto más exitosa sea una empresa para los inversores —o así sea percibida—, más subirá de precio y mayor será su ponderación en el índice. El efecto que se consigue con este proceso es que, en cada nuevo ciclo económico, aquellas empresas que mejor capitalizan los nuevos modelos de negocio de la actual economía son las que más pesan, por lo que los índices acaban por capturar —de manera automática e inevitable— las empresas más exitosas de cada ciclo.

El índice S&P-500 incluyó por primera vez 500 compañías en 1957. Hoy sólo 86 de las compañías originales continúan en el índice. Desde entonces, el resto de las 414 empresas originales han sido sustituidas por otras nuevas.

Es este sentido —y a diferencia de la inversión en empresas aisladas— los índices implican un bajo riesgo para el inversor de largo plazo porque por definición no pueden quebrar. Pues si bien los periodos recesivos son inevitables (debemos tener siempre presente que los índices de Bolsa pueden llegar a caer temporalmente alrededor de un -50% o más en los peores momentos, lo que no suele ser algo obvio para la mayoría de inversores) a lo largo de los ciclos económicos, invirtiendo en índices de manera global nos aseguramos capitalizar cada nueva ola de crecimiento. Así, si entendemos la volatilidad como una descripción matemática de cuánto se mueve un activo a lo largo del tiempo —y no como riesgo—, entonces podremos reconocer que la inversión indexada, a pesar de su gran volatilidad, implica un menor riesgo real para el inversor de largo plazo que otras alternativas de inversión.

La indexación nos permite así participar del proceso de destrucción creadora natural a la economía y sus ciclos económicos, de una manera suficientemente eficiente —de hecho, más eficiente que el 90% de todos los fondos—, automáticamente (el inversor no tiene que hacer nada) y mucho más barata que a través de la gestión activa**.

La siguiente pregunta es, siendo estas reglas de inversión que implementan los índices tan simples,

¿Por qué la mayoría de gestores no superan al Índice?

Hablamos en profundidad de este tema aquí. Resumiendo, el primer motivo son los costes: Los fondos de inversión soportan unos costes acumulados y comisiones que, en total, se sitúan en promedio entre 2%-3% al año. Esto puede parecer poco, pero sería el equivalente a participar en una maratón en la que a los gestores activos se les añade entre 20 y 30 metros más a correr por cada kilómetro. Al principio no parece gran cosa, pero en el largo plazo de un “maratón de inversión”, dejarse un 3% de rentabilidad anual en comisiones significa alcanzar sólo la mitad de la rentabilidad acumulada que podríamos alcanzar sin ese lastre. Lastre del que carecen los índices, al ser simplemente un resultado numérico abstracto.

El segundo motivo es la idiosincrasia propia de la industria, que genera incentivos perversos en los gestores. A nivel personal (sí, los gestores son también personas normales), a un gestor de fondos dentro de una gran gestora —habitualmente dentro de un gran banco con una gran cadena de distribución de producto— no le compensa el riesgo de tomar decisiones de inversión demasiado diferentes a las de sus colegas y por ende a las de construcción del índice. El gestor tiene una probabilidad desconocida de que le salga bien. Pero si le sale mal, corre el riesgo de perder su empleo. Este incentivo asimétrico y la tiranía de ser juzgado laboralmente a corto plazo (si nos desviamos del índice, es imposible superarlo siempre y durante todos los periodos), provocan comportamientos miméticos que explican parte de la poca dispersión de resultados entre gestores con el mismo benchmark. Estos incentivos son la causa de que los gestores se dediquen a gestionar lo mejor que pueden su carrera profesional, no el dinero de sus clientes. Al final, el que paga por esta dinámica de incentivos perversos es el inversor final, que ve cómo sus fondos de gestión activa se van alejando cada vez más de la rentabilidad total del índice.

Pero como he esbozado al principio, los costes y los incentivos perversos de la industria no son motivos suficientes para explicar el aplastante éxito de la indexación frente a la gestión activa. Hay una razón más profunda y de mayor impacto, que sin embargo pasa habitualmente inadvertida o no se le da la importancia que merece.

Dicha razón tiene mucho que ver con la cosmovisión que tengamos del mundo, de cómo es el mundo en realidad, y el camino que tomemos frente al ineludible dilema de toda inversión.

El dilema de la inversión

Invertir significa enfrentarse, seamos conscientes de ello o no, a un dilema del que no podemos escapar. Independientemente de las narrativas, estilos o instrumentos que se utilicen, toda estrategia de inversión rentable —esto es, con esperanza matemática positiva en el largo plazo— tiene que elegir en última instancia entre dos formas de invertir que son mutuamente excluyentes:

  1. Buscar un alto ratio de ganancias/pérdidas a costa de sacrificar el porcentaje de aciertos. O bien,
  2. Perseguir un alto porcentaje de acierto a costa de un bajo ratio de ganancias/pérdidas.

Desafortunadamente, en el mundo real no existen las estrategias consistentes que combinan a la vez un alto grado de acierto junto a un gran ratio beneficios/pérdidas. Los intentos por perseguir esos “unicornios” no son sostenibles y siempre han terminado de manera catastrófica (para el inversor).

La primera opción implica una cosmovisión del mundo que Isaiah Berlin calificó como “mentalidad del zorro”, Nassim Taleb como “estrategias convexos” y los antiguos traders del pit de Chicago llamaban “estrategias divergentes”. A los segundos, Berlin los bautizó como “erizos”, Taleb “cóncavos” y los traders “convergentes”. Hablamos en detalle de estas dos cosmovisiones enfrentadas aquí.

Decantarse por utilizar un tipo u otro de estrategia depende por un lado de nuestra cosmovisión del mundo (incluida nuestra personalidad, fundamental para no perjudicar a la estrategia que elijamos), y por otro —y más determinante en la práctica— del grado de indeterminación del entorno en el que actuamos.

Así, para entornos deterministas es muy eficiente destinar medios y personas con talento (y “mentalidad de erizo”) a solucionar el problema vía estrategias cóncavas. Las personas muy inteligentes suelen sentirse atraídos por este tipo de estrategias, de complejidad y sofisticación creciente, con las que sienten que están controlando lo que ocurre y pueden aportar cada vez más valor cuanto más se esfuercen. Un ejemplo podría ser la ingeniería asociada a la termodinámica de los gases y su conversión mecánica en vehículos de transporte. Un coche de hoy en día dispone de un sofisticado motor y sistemas que son muchísimo más eficientes que cualquier coche de hace medio siglo (punto ‘b’ en la siguiente figura).

Rendimiento marginal decreciente de la complejidad al invertir

Sin embargo, como ha comentado en numerosas ocasiones Jack Bogle, el gestor medio de hoy, independientemente de su inteligencia, no gestiona mejor que el típico gestor de hace medio siglo. Por muchos erizos geniales (incluidos Premios Nobel) y medios que se destinen (incluidas las tan de moda ahora técnicas de Inteligencia Artificial y Machine Learning), el beneficio marginal que aporta aumentar la complejidad decrece muy rápidamente a partir de un punto óptimo (‘a’ en el esquema siguiente). Efectivamente, a pesar de la “inflación de sofisticación” que ha sufrido la industria en cuanto a modelos matemáticos y productos en las últimas décadas; no ha habido apenas avance material para el inversor en la calidad de la gestión activa. La razón es que el sistema sobre el que trabaja el gestor —los mercados financieros—, independientemente de su talento y medios disponibles, es fundamentalmente no determinista.

Efectivamente, al ser los mercados un fenómeno emergente producto de la acción humana (como ilustró César Martínez Meseguer en su charla en Value School), incluso si los modelos matemáticos que describen los mercados fueran definitivamente correctos —algo imposible en el sentido científico de Popper— y/o completos en su descripción de la realidad social —algo imposible en el sentido de Hayek—; la evolución de los mercados en el corto y medio plazo será siempre y necesariamente impredecible.

Warren Buffett nos los recuerda con sus propias palabras en la siguiente cita. No sólo no hace falta ser un genio para obtener buenos resultados de inversión, sino que es probable que, si somos muy inteligentes, nos suponga un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos pues vamos a tender hacia actitudes y cosmovisiones propias del erizo:

Si tienes un CI de 150, véndele 30 puntos a otro. Necesitas ser inteligente pero no un genio: Invertir no es un juego donde el jugador con un CI de 160 supera al que tiene 130. La racionalidad de lo que estás haciendo es esencial.

—Warren Buffett.

Efectivamente, la industria se resiste a aceptar que, en los mercados financieros, como paradigma de entorno dominado por la incertidumbre, menos es más. Es decir, la máxima eficiencia al invertir no se alcanza aumentando indefinidamente la complejidad de los modelos (punto ‘c’ en el esquema superior), sino manteniéndola en un nivel óptimo y razonable de complejidad (punto ‘a’), adecuado y coherente con su naturaleza impredecible. Una vez superado un umbral de complejidad óptimo al entorno, es inútil seguir destinando más medios o aumentar la complejidad de las soluciones. Pareciera que la industria se empeña en aumentar la complejidad de sus servicios y productos no para aumentar el valor aportado al cliente, sino simplemente para utilizar esta llamativa sofisticación como instrumento publicitario.

Los índices resisten donde los humanos fallamos

La mayor parte del éxito en la inversión consiste en no dejar que nos convirtamos en nuestro peor enemigo (lo que llamo la iatrogenia inversora). Si ya los mercados y la inversión son de por sí un arte difícil de aprender, añadirnos a nosotros mismos como elemento traidor a nuestros objetivos le otorga a veces una dificultad insuperable. Venimos al mundo cargados de sesgos psicológicos y somos presa fácil de las falacias. Convertirnos en nuestro peor enemigo al invertir es lo más fácil y rápido que nos puede pasar. Y no es cuestión de ser más o menos inteligente, sino de saber y poder gestionar nuestras emociones durante el largo camino. Sin embargo los índices, como toda estrategia sistemática, carece de la posibilidad de caer en alguna falacia o sesgo psicológico. Efectivamente, como toda estrategia sistemática y convexa que sea rentable:

  1. El índice mantiene a las acciones ganadoras tanto como éstas cumplan con las condiciones para permanecer en el índice. Sea 1 año o sean 100 años. Esto puede parecer algo obvio, pero para nada lo es durante el tiempo que estamos invertidos, pues los seres humanos somos muy sensibles al camino recorrido (“path-dependent”, que diría un viejo quant). Si invertimos en una empresa que al cabo de unos años sufre una caída del -70% o del -90%, lo más probable es que el “dolor” por dicha pérdida nos lleve a abandonarla y vender. . Philip Morris
  2. El índice elimina a las perdedoras, aunque estemos “enamorados” de ellas. Una vez hemos comprado una acción, tendemos a reforzar las razones de dicha decisión, a que “nos guste” más allá de la pura decisión estratégica de inversión. Cuando cae por debajo de nuestro precio de compra, tendemos a justificar y creer que es el mercado el que se está equivocando. Esto produce en muchos inversores que acaben acumulando una gran bolsa de acciones perdedoras que, si hubieran seguido los criterios del índice, habrían sido vendidas hace mucho para dejar sitio a otras acciones. En otras palabras, los índices no se enamoran de ninguna acción. Si no cumple con las condiciones para permanecer en el índice, entonces es eliminada sin dudarlo dos veces.

En otras palabras, por definición y al implementar una estrategia convexa rentable, un índice no puede quebrar (las acciones sí). Es neutro respecto a los sectores y los factores de inversión (unos sectores y factores de inversión lo hacen mejor o peor que otros a lo largo del tiempo, pero no sabemos cuáles y cuándo). Es neutro respecto al riesgo del gestor como trabajador incentivado a conservar su empleo; que puede estar implementando estrategias que acaben siendo, en el más benigno de los casos, seguidoras del índice (el problema de los close trackers), y en los peores incoherentes con la naturaleza del mercado (y hacerlo muchísimo peor que el índice). Y sobre todo es prácticamente neutro con respecto a la erosión de las comisiones, que en la gestión activa suelen ser alrededor de un 2%, mientras que fondos y ETFs indexados están llegando ya al entorno del 0.05% anual (hasta 40 veces más barato).

[Nota: este post está en revisión, a partir de aquí sigue una versión antigua]

 

La estrategia que acabamos de describir y que implementan los índices es una estrategia de tipo convexa o divergente (propia de la “mentalidad del zorro”, en nuestro ejemplo previo). Se trata de la misma familia de estrategias que ejecutan los fondos de momentum, trend following, private equity, venture capital o long-volatility, por citar algunas estrategias conocidas. Esto es, los índices, para conseguir a largo plazo una esperanza matemática positiva —requisito para ser rentables—, se deshacen de las empresas perdedoras(“underperfomers” en el gráfico a continuación) sacándolas de su composición; mientras dejan que se rentabilicen indefinidamente sus posiciones ganadoras(“overachievers” en el gráfico), manteniéndolas dentro del índice y ponderándolas cada vez más a medida que crecen. Esto produce un bajo ratio de aciertos, en el que las numerosas y pequeñas pérdidas relativas de los underperformers se compensan con los extraordinarios beneficios que producen las posiciones ganadoras overachievers en el largo plazo.

Retornos totales acumulados de las acciones USA entre 1989 y 2015.

Efectivamente, si se analiza la distribución en los índices entre ganadores y perdedores, encontramos una distribución de Pareto habitual en estrategias convexas: Aproximadamente el 20% de las acciones ganadoras son las que contribuyen en el largo plazo a la ganancia neta total del índice, mientras que el 80% restante produce de manera agregada una rentabilidad neta nula (Longboard, 2016).

No sabemos cuáles serán los próximos ganadores ni cuándo llegarán, pero sabemos que los índices los incluirán.

El otro camino para conseguir una esperanza matemática positiva en los mercados consiste, a la inversa y como vimos aquí, en buscar capitalizar pequeñas ganancias acertando muchas veces a cambio de sufrir pocas pero graves pérdidas cuando nos equivocamos —las llamadas estrategias cóncavas o convergentes. Esta aproximación es la que siguen fondos que implementan estrategias de gran convicción y por lo tanto con un fuerte componente condicional en el que se estiman parámetros futuros como volatilidad, correlaciones, rentabilidades esperadas por activo, etc. Ejemplos son las cestas de opciones vendidas OTM, fondos market-neutral, risk-parity, de arbitraje estadístico, etc. Son fondos de inversión que tienden a dar resultados muy atractivos durante un periodo de tiempo dado, pero que tarde o temprano acaban por experimentar algún tipo de crash cuando sus estimaciones de futuro dejan de funcionar.

Eliminando riesgos

La indexación elimina riesgos. Se resta el riesgo de las acciones individuales (un índice no puede quebrar, las acciones sí). Se resta el riesgo sectorial y factorial (unos sectores y factores de inversión lo hacen mejor que otros a lo largo del tiempo, pero no sabemos cuáles y cuándo). Se resta el riesgo del gestor, que puede estar implementando estrategias que acaben siendo, en el más benigno de los casos seguidoras del índice (el problema de los close trackers), y en los peores incoherentes con la naturaleza del mercado. Y sobre todo resta el coste cierto de las comisiones, que en la gestión activa suelen ser alrededor de un 2% más, comparados con fondos y ETFs indexados (lo que implica dejar de ganar la mitad de lo que se podría acumular a largo plazo).

El mensaje oculto

La mejor manera de esconder un mensaje es exponerlo a plena luz del día, delante de nuestros ojos, como hacen los índices. Como hemos visto, el mensaje —no trivial— que intentan comunicarnos es que la naturaleza fundamental de los mercados financieros es su impredecibilidad; lo que tiene profundas consecuencias a la hora de discriminar entre varias estrategias de inversión.

En otras palabras, el mensaje tras el éxito de los índices es que las estrategias convexas —aquellas que menos suposiciones hacen sobre los mercados y están dispuestas a abrazar los inevitables errores consecuencia de ser ciegos al futuro—, son las más apropiadas** para sobrevivir a largo plazo en entornos impredecibles como son los mercados financieros. Los índices, al implementar una estrategia convexa de largo plazo, cuentan con la humildad epistemológica necesaria para enfrentarse a entornos que no acabamos de comprender del todo como los mercados.

Los índices son animales vivos fascinantes: Agnósticos, convexos, adaptables y humildes; son la destrucción creadora de Schumpeter convertida en producto financiero al alcance de todos. Nos recuerdan con su implacable éxito que los ciclos económicos son inevitables y que el futuro es impredecible.

.

* Curiosamente, cuando se definieron los criterios para construir los índices, nadie estaba pensando en la naturaleza epistemológica de los mercados, sino simplemente en una manera de “representar el mercado”. Si el método elegido para definir los índices hubiera sido cóncavo, tarde o temprano se hubiera comprobado lo inapropiado e ineficaz de dicho criterio. En contraparte, los gestores activos hubieran sido mucho más felices, pues con implementar algún tipo de estrategia convexa les hubiera resultado mucho más fácil superar a su índice en el largo plazo.

** La inversión indexada puede resultar poco atractiva y aburrida para el inversor sofisticado (no tiene nada que hacer excepto dejar que el tiempo y el crecimiento exponencial hagan su trabajo), pero si buscamos acceder a los mercados dejando que sea “otro” el que gestione, es una de las formas más baratas, consistentes y seguras de capitalizar el crecimiento de los activos financieros a largo plazo sin mayores complicaciones. Invirtiendo a través de índices estamos seguros de acceder a las mejores y más exitosas compañías de cada ciclo económico, sin necesidad de buscarlas. El propio índice se encargará de vender las empresas perdedoras, al tiempo que selecciona y mantiene las ganadoras. Y además lo hará gratis (sólo tendremos que pagar los escasos puntos básicos del ETF o fondo indexado que elijamos para conseguir exposición a dicho índice), sin cobrar por una gestión que al final resulta ser mejor que la de 9 de cada 10 fondos.

Nota: Una versión previa de este artículo apareció en el número 35 de la revista Hispatrading.


15 comentarios

  1. Sólo puedo decir una cosa: WOW!!

    He de reconocer que no había leído, ni escuchado nada de tí, hasta escuchar la entrevista del podcast de es radio. Y puesto que me ha encantado, he entrado en tu blog.

    Personalmente me impresiona, a la vez que me encanta, poder leer, escuchar y aprender de gente tan inteligente y preparada. Sois sin duda una fuente inagotable de sabiduría y motivación y aprendizaje continuo.

    En mis poquitos años como inversor y asesor, considerándome un ferro defensor de la indexación como base fundamental para nuestra inversión a Largo Plazo, nunca había leído exponer la razón por la que los índices son tan válidos para invertir, de una forma tan “científica” (por llamarle de alguna manera) como esta.
    Genial!!

    Ya tienes un nuevo suscriptor.
    Un saludo

  2. Hace unos días, al leer que la gente de +Dividendos iban a hacer un podcast contigo, yo no participo en dicho blog aunque sí lo sigo a menudo como lector, me pasé por tu blog, y leí varios artículos, en este en concreto, ví el cuadro de arriba en el de las diez mayores empresas por capitalización por década, y se me ocurrió que para un inversor particular diez empresas serían muchas, debido a que aumenta la disparidad de elementos (acciones) y como consecuencia también las decisiones a tomar, así como el coste de gestionar un paquete más grande de acciones, por lo que escogí las cinco primeras de cada época. Parecido comentario lo he mencionado en rankia, pero me parece más idóneo comentarlo aquí también, puesto que la idea me surge de ver ese cuadro en tu post.
    El cuadro (reducido a 5 acciones) es el siguiente:
    Las cinco acciones con mayor capitalización de la bolsa norteamericana por décadas:

    1960: AT&T, GENERAL MOTORS, DUPONT, EXXON, GENERAL ELECTRIC.

    1970: IBM, AT&T, GENERAL MOTORS, EASTMAN KODAK, EXXON.

    1980: IBM, AT&T, EXXON, GENERAL MOTORS, AMOCO.

    1990: EXXON, GENERAL ELECTRIC, IBM, At&T, PHILIP MORRIS

    2000: MICROSOFT, GENERAL ELECTRIC, CISCO, WALMART, EXXON.

    2010: EXXON, MICROSOFT, WALMART, APPLE, JONHSON & JONHSON

    AHORA 2019: MICROSOFT, APPLE, AMAZON, ALPHABET A, ALPHABET C.

    He consultado los datos y la inversión en Exxon hubiera sido extraordinaria además mantenida durante cinco décadas, IBM mantenida durante tres décadas también hubiera sido muy buena, no he conseguido bajar los datos de General Motors anteriores a 2011. AT&T mantenida durante 4 décadas también hubiera sido otra buena inversión. El de Amoco tampoco lo he podido conseguir,.Pero teniendo en cuenta que una ha sido extraordinaria y otras dos muy buenas, y siguiendo el dicho de Buffet que basta tener dos o tres buenas ideas….. Se me ocurre que tal vez es que el mercado nos esté señalando cuáles son las mejores acciones-negocios para invertir al ser las más revalorizadas?

    Al contrario del famoso Voya Leader que compró las 35 acciones de mayor capitalización bursátil de 1935, aquí el mercado nos estaría señalando cuáles son las mejores para cada década, y desecharía las que no, ejemplo Kodak que no creo que fuera tan mala ya que su ocaso financiero se dió en la última época de los noventa, y la estrategia de las cinco acciones, ya la hubiera sacado de la cartera en la década 1980-1990.

    Pero aquí llega mi preocupación si durante casi 60 años ha funcionado tan bien, cojo el grupo de ahora 2019, y me encuentro que las cinco que hay son prácticamente del sector que nació en los últimos 20-25 años tecnología-internet , nos está diciendo el mercado que en las próximas décadas, los buenos negocios están ahí?, y que gran parte de la riqueza que se genere en el planeta tiene que ver con ese tipo de empresas.

    Por el contrario Exxon tan revalorizada durante décadas, seguramente en la década 2020-2030 ya no estará entre las cinco primeras, nos quiere dar a entender que el negocio del petróleo irá a menos, tendría que vender mis acciones de Repsol?. A esta pregunta me contesto yo, con la corrección que ha tenido Apple las voy a cambiar por esta última.

    Pero haciendo referencia a aquel podcast hablaste sobre los modelos que funcionan durante un tiempo, y este que ha demostrado robustez durante casi 60 años, la irrupción en el ranking de las 5 mayores por capitalización en el 2019, MICROSOFT, APPLE, AMAZON, ALPHABET A, ALPHABET C y problamente sean las de la década 2020-2030, querrá decir que es un modelo agotado?, porque es que me causa bastante confusión que sean todas casi del mismo sector.

  3. Me ha encantado leerte , es un gran post y te animo a seguir.Nosotros los profanos en la materia conseguiremos una pizca de sabiduria de la que te estaremos agradecidos.
    Aqui tienes un seguro seguidor de tu blog.

    Un saludo.

  4. Me quito el sombrero Marcos. Muy buen post!

    Creo que la inversión indexada tiene sentido para una mayoría de la población. Esa mayoría que contrata fondos de pensiones y fondos de inversión en el banco de la esquina de su casa.
    Invertir pasivamente les dará más rentabilidad, menos comisiones y diversificación. Y puede que más tranquilidad y mejores noches de sueño si se sabe en qué se está invirtiendo.

    El índice, tarde o pronto, experimentará unos años de bajadas. Un fondo de gestión activa, sin embargo, tiene un potencial de crecimiento en el medio plazo mayor si se eligir correctamente. Pero el problema está en el timing y saber cuándo comprar. Y que a la larga siempre acabará perdiendo frente a un índice.

    Personalmente, me decanto mediante una estrategia satélite combinando ambos. Aunque eso sí, le doy mayor % el pasivo. Soy un millennial y mis horizontes de inversión son superiores a los 20 años.

    Un saludo,
    Jordi

  5. Hola Marcos, ¿podrías recomendar soluciones para poner en práctica lo que explicas en la conferencia? Por ejemplo, ¿dónde puedo encontrar como inversor particular una cesta de opciones? ¿Cómo puedo aproximar mi estilo de inversión a las estrategias convexas rentables? La conferencia de Value School y también la del Instituto Juan de Mariana me parece de lo mejor que he visto en muchos años, gracias por compatir tu visión.

    • Muchas gracias Duarte.
      Las respuestas a tus preguntas no son sencillas ni únicas. Dependen tanto de tus circunstancias como de la cambiante legislación, oferta de brokers e instrumentos disponibles.
      La implementación es una “artesanía” que requiere muchos años de estudio y cuyas herramientas son muchas y cambiantes. No queda otra que estudiarlas uno mismo o ir de la mano de algún asesor.

  6. Hola Marcos, acabo de conocerte a través del video de Value school, fantástica tu presentación.
    Hace ya un año que me convertí en seguidor de la filosofía Bogle, me parece extraordinario todo lo que tenga que ver con la indexación.
    En el video hablas de un libro que te cambio, que es de John Bogle, me podrías compartir el título por favor? Enhorabuena por tus presentaciones y aportes a la educación financiera. Saludos!

Responder a JOSÉ TOMÁS Y SAPIÑA Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

“Ser consciente de lo poco que podemos saber sobre el futuro y aceptar nuestra propia ignorancia, son las armas más poderosas de todo inversor.”

—Benjamin Graham

Te aviso del próximo post:

Últimos twitts