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No hacer nada

“Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de ser incapaz de estar tranquilamente sentado y en soledad en una habitación.”
—Blaise Pascal

A todo inversor le pasa un poco como decía Pascal: es incapaz de contemplar las variaciones de los precios durante mucho tiempo sin hacer nada al respecto. Una especie de energía potencial, cuando no directamente dolor, se va acumulando dentro de uno mismo a medida que pasan los días. Contemplar el camino errante de los precios en su ordenador o la pantalla del móvil, y a continuación meterse las manos en los bolsillos empieza a costar más y más esfuerzo.

Entiéndase bien, toda estrategia tiene unas condiciones que, de cumplirse, nos llevan a actuar de un modo u otro. Me refiero a esos periodos de tiempo —que pueden durar años según el tipo de estrategia—, en los que nuestro plan de inversión nos dice que no hay que hacer nada.

Y sin embargo, el mundo no cesa de gritar y moverse a nuestro alrededor. Las redes sociales y los canales de noticias no dejan de vomitar novedades, mientras los precios no cesan de cambiar a cada instante, poniendo en una duda constante nuestro plan. ¿Cuánto tiempo puede resistir un ser humano frente a una exposición al ruido tan directa y continuada? Desgraciadamente, no mucho si no se ha preparado para ello. El problema que tenemos todos viene “de serie” con el equipamiento biológico con el que nacemos, pues nuestro cerebro está programado evolutivamente para intentar encontrar patrones —una narrativa que dé sentido al mundo— incluso donde no la hay, y actuar en consecuencia a la mayor brevedad posible.

La inmensa mayoría de interesados en la inversión acuden a los mercados atraídos por las ganancias rápidas y sin esfuerzo, descubriendo al poco que los unicornios no existen, y que sólo superar ligeramente la rentabilidad natural de los activos es extremadamente difícil y costoso (cuando no directamente un timo).

El proceso de aprendizaje hasta dar con la estrategia que sea al mismo tiempo válida y compatible con nuestra personalidad, es largo y trabajoso. Y en el camino, son muchos los que caen en los cantos de sirena del trading. Es decir, de operar en los mercados constantemente, todos los días, a cada momento.

Pero la realidad es tozuda y cruel: cuanto más activo es un inversor, menos rentables son sus inversiones en el largo plazo.

Figura 1: Efecto de operar mucho (5) o poco (1) en los mercados. Cuanto más operaciones hace el inversor, más se aleja de la rentabilidad que podría obtener.

En la Figura 1 tenemos los resultados que en el año 2000 Barber y Odean encontraron estudiando las rentabilidades de las carteras de miles de inversores en función de cuánto operaban en un plazo de tiempo determinado. Como se ve por la pobre rentabilidad de los más activos (5), uno de los peores enemigos del inversor es su incapacidad para estarse quieto y “no meter la cuchara en el cocido” mientras se está cocinando, como diría Don Quijote. El fácil acceso a los mercados que nos han dado las nuevas tecnologías sólo ha empeorado la situación desde entonces.

Figura 2. Rentabilidad media anualizada del inversor particular (flecha en azul), comparada con la de los principales activos financieros.

Como vemos en la Figura 2, la incapacidad para estarse quieto es realmente peligrosa, llevando al inversor particular (flecha azul) a conseguir una rentabilidad menor que la de los propios activos de inversión. Ya hablamos de esto en el anterior post sobre la “iatrogenia inversora” y lo peligroso que puede llegar a ser uno para sí mismo. No es algo que se deba tomar a la ligera el hecho de que el 80% de los que “hacen trading” pierdan todo su dinero al cabo de un par de años de media, como por ejemplo explicaba hace pocos días @OddStats.

Ser capaz de no hacer nada cuando no hay que hacer nada es condición imprescindible para poder converger a los resultados esperados de nuestra estrategia de inversión.

Nuestra cultura asocia la inacción con la falta de productividad y resultados. Es casi un pecado moral no hacer nada y motivo de vergüenza que le descubran a uno sin hacer nada. Estamos tan acostumbrados a actuar sobre aquello que nos importa, a hacer cualquier cosa pensando y esperando que nuestra actuación mejorará la situación, que muchas veces no nos damos cuenta de que hay áreas—especialmente en fenómenos complejos como los mercados, la economía o la medicina— en las que interferir más allá de lo estrictamente necesario lleva muy probablemente a empeorar las cosas. 

Y es que una de las lecciones más difíciles de aprender para cualquier inversor es la de ignorar el ruido del mercado, centrarse en permanecer fiel a su estrategia, y sentarse encima de sus manos durante los largos periodos en los que no hay que hacer nada.


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@inversobrio

“Ser conscientes de lo poco que podemos saber sobre el futuro, unido a la aceptación de nuestra propia ignorancia; son las armas más poderosas de todo inversor.”  —Benjamin Graham

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