Pedir gazpacho y quejarse porque no es zumo de tomate

O construir una cartera global bien diversificada en diferentes tipos de activos, y quejarse en octubre por no haber invertido el 100% en petróleo a principios de este 2018:

El símil del gazpacho y éste meme resumen un problema que muchos inversores padecen. Y es que les resulta casi imposible ser fieles a su planificación de inversión a largo plazo cuando son expuestos a diario a las rentabilidades que otros activos o gestores están consiguiendo en el año en curso.

La tentación vive siempre al lado

Por definición, al calcular cualquier tipo de promedio de un conjunto de números diferentes, siempre habrá necesariamente números menores y mayores a dicho promedio. Pero los inversores, mirando “el cartón del bingo de la inversión”, suelen olvidar fácilmente esta perogrullada y quedar hipnotizados por el ganador de turno cada año:

“El bingo de la inversión”, o rentabilidades anuales por tipo de activo.

Entre otras razones, reconocer que no podemos predecir cuál va a ser el activo/fondo ganador el año que viene, es por lo que construimos una cartera de inversión bien diversificada. Es decir, no acudimos a los mercados pidiendo un solo ingrediente para comer, sino que preferimos amortiguar la posibilidad de que se nos atragante preparándonos un gazpacho variado con muchos ingredientes.

Claro, en un entorno impredecible, si el número de activos y gestores es suficiente (y en esta industria, si algo sobra es el número de fondos que hay), necesariamente existirán siempre activos y fondos que consigan mayor rentabilidad que nuestra cartera diversificada de inversión (nuestro gazpacho).

Quejarse porque este año 2018 no hemos invertido en petróleo es tan estúpido como pedir gazpacho y quejarse luego de que no era zumo de tomate.

Por ejemplo, el índice S&P-500 lleva 9 de los últimos 10 años ganando a todas las carteras bien diversificadas (a pesar de que en el largo plazo, una cartera bien diversificada en diferentes activos y regiones consigue similar rentabilidad, pero con medidas de riesgo mucho menores). Vamos, que el zumo de tomate está ganando por goleada a cualquier gazpacho. ¿Cuánto puede aguantar uno a base de aburrido gazpacho?

Los “ricos” sufren más

La tentación por fijarse en los ganadores del momento es aún mayor entre inversores de gran patrimonio (técnicamente conocidos en la industria como affluents y HNWI (High Net Worth Income)). Este tipo de inversores están acostumbrados a pagar por lo mejor en la mayoría de ámbitos de su vida. Por ejemplo, si quieren un buen coche, buscan y pagan gustosos la diferencia que hay entre un Mercedes de 80.000€ y un Dacia de 8.000€.

Sin embargo, este tipo de pensamiento determinista no se aplica a la hora de invertir. En primer lugar, siempre habrá algún vecino que aparezca un día con un mejor coche que el tuyo (habiendo invertido en un activo/fondo más rentable este año que tu gazpacho-cartera), invalidando en un instante tu concepto subjetivo de “lo mejor”.

(Huelga recordar que si basamos nuestro concepto de “lo mejor” en una comparativa con los demás, habremos firmado por participar en una carrera que nunca podremos ganar.)

Y en segundo y más importante lugar, tienden a olvidar que los resultados de inversión —a diferencia de los coches o cualquier producto/servicio determinista—, no responden a una relación lineal entre el coste pagado por ella y la calidad recibida. Como hemos explicado en otras ocasiones, existe un umbral de rentabilidad a largo plazo en el que, por mucho esfuerzo, talento y medios que se asigne; no se puede superar consistentemente.

Es decir, en entornos dominados por el caos y la impredecibilidad —como son los mercados financieros—, no por pagar diez veces más se consiguen resultados apreciablemente mejores. Los grandes patrimonios suelen caer así en “la falacia del Mercedes”, erosionando con comisiones inútiles la rentabilidad natural que podrían obtener de maneras más simples y efectivas.

Benchmarking personal

¿Qué se puede hacer? La clave está en establecer unos objetivos factibles, nuestro benchmarking personal, y no perderlos de vista durante el largo camino a recorrer. Para ello, es útil recordar dos propiedades de la realidad que, aunque no nos guste, sigue conservando:

  1. No se puede predecir qué activo/s van a quedar por encima de la media de mi portfolio. Es decir, si el cartón del “bingo de la inversión” se llama “bingo”, es por algo. Y en segundo lugar, contestarnos honestamente la pregunta:
  2. ¿Seguiré deseando zumo de tomate cuando caiga un 50% o más?

Porque por mal acostumbrados que nos tenga el actual mercado alcista de casi una década, la Bolsa tiene la incómoda costumbre de perder de vez en cuando la mitad de nuestro dinero. Y aunque siempre se ha recuperado a largo plazo, perder la mitad de nuestro patrimonio (tardando a veces más de 20 años en recuperar su nivel previo) no es algo fácil de digerir para ningún inversor. Incluidos los de gran patrimonio y los que dicen que “van a largo plazo”. Por eso optamos en un principio por comer gazpacho, y no solo uno de sus ingredientes.

Desde un punto de vista racional sabemos que debemos hacer oídos sordos a los cantos de sirena. Sin embargo, el rabillo de la mente, como en el meme del principio, está siempre martilleando nuestras emociones con el mantra de: “es que si hubiera invertido en X estaría ganando Y%“, repetido tantas veces como atención prestemos a vendedores y noticias.

Es muy difícil permanecer fiel a nuestro plan original, centrados en nuestro benchmark de largo plazo con nuestro aburrido gazpacho. Pero debemos recordar que en entornos impredecibles sólo se puede converger a los resultados esperados en ese largo plazo, no a “redondear este mes para que quede en positivo”. Y es que…

…la sombra de Madoff es alargada

No me refiero ahora a su estafa ponzi, sino a la añoranza que tienen algunos inversores de unas rentabilidades imposibles con nula o baja volatilidad. En otras palabras, querer lo mejor de los dos mundos: una alta rentabilidad persistente (“acertar” con el siguiente ganador del bingo) unida a una baja volatilidad. Es decir, a conseguir es soñado ∼1% al mes de rentabilidad sin grandes variaciones mes tras mes, con el que sueñan calladamente tantos inversores.

Y es que son muchos los inversores que, consciente o inconscientemente, persiguen con energías renovadas ese objetivo imposible. Como si la sombra de las ficticias rentabilidades de Madoff persiguiera el subconsciente de todo inversor.

Satisfaciendo esa fantasía, no sólo van saltando de fondo en fondo según cómo han evolucionado en los últimos tiempos (una estrategia ruinosa, como vimos aquí), sino que caen fácilmente en productos y servicios que, implementando estrategias muy cóncavas para intentar satisfacer “los gustos del cliente”, parecen ofrecer ese Santo Grial del ∼1% de rentabilidad mensual. Al menos durante un tiempo.

Sin embargo, “lo que no puede ser, no puede ser”, y al final de todo proceso excesivamente cóncavo, es el inversor el que paga los platos rotos, no el gestor. El gestor ha estado embolsándose sus comisiones durante todo el tiempo que ha permanecido rentable la estrategia cóncava. Y en esta industria, por ahora, no hay costumbre de devolver lo ya cobrado aunque el cliente se arruine.

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