Bitcoin vs Oro

Cada vez que el precio del bitcoin pega un subidón (o se desploma), resurge de nuevo la pregunta: ¿qué es mejor, el oro o el bitcoin?

Pues depende de para qué. En la primera parte de este post me referiré al bitcoin y al oro como alternativas monetarias descentralizadas (esto es, sin un banco central que las controle/regule) al dinero fiat (el que emiten los gobiernos a través de sus bancos centrales y con el que recaudan impuestos y colocan su deuda). Es decir, como reserva de valor en el medio y largo plazo. En la segunda parte daré una opinión especulativa y más personal sobre el tema.

Lo primero es no confundir rentabilidades recientes con la superioridad como moneda de uno frente al otro. El simple hecho de que el oro o el bitcoin se hayan comportado mejor o peor últimamente no es argumento para establecer si una es mejor que la otra como reserva de valor, pues el precio no es la única característica a tener en cuenta a la hora de juzgar una moneda. Tampoco si el precio de uno es mayor al otro respecto a una tercera moneda común (como el dólar por ejemplo), pues la cantidad de referencia es arbitraria (si midiéramos el precio del oro en kilos en vez de en onzas, la prensa no podría decir que “el Bitcoin superó ayer al oro”. Las cantidades son arbitrarias, por lo que no se pueden comparar de esa manera).

La clave para discernir entre el oro o el bitcoin como “mejor” moneda residirá en su capacidad para preservar el valor a largo plazo en el máximo de situaciones posibles e improbables.

Por un lado, el bitcoin es una implementación más de la tecnología blockchain. Una tecnología que ha llegado para quedarse y transformar el mundo a muchos niveles (y que sería motivo para dedicarle un futuro post). La tecnología blockchain es como si tuviéramos una gramática generativa común a todas las lenguas válidas, y luego la gente eligiera/creara arbitrariamente el inglés como lingua franca para comunicarse internacionalmente.

Así, se pueden crear virtualmente infinitas monedas distintas —con ligeras variaciones— basadas en dicha tecnología, y todas serían igualmente válidas como criptomoneda. Se podría por ejemplo lanzar el “Botijocoin” vía una ICO y sería tan válida como criptomoneda como el Bitcoin, Ethereum, o todas las que ya se han lanzado antes o se están lanzando mientras escribo esto.

¿Existe pues una justificación objetiva, más allá de la mera popularidad actual, para preferir una criptomoneda —en este caso el bitcoin— frente a otras?

En el caso de las monedas con base física real, el oro sí que se fue convirtiendo históricamente en la referencia definitiva en la mayoría de civilizaciones que crecieron y se desarrollaron lo suficiente como para preocuparse seriamente por estas cuestiones. Otros commodities con propiedades similares lo intentaron, pero su éxito fue siempre circunstancial y pasajero.

Así mismo, el bitcoin y el resto de criptomonedas son análogas a las monedas fiat que emiten los gobiernos en el sentido de que ambas están respaldadas por la fe que sus usuarios depositan en ellas. Cierto es que, a diferencia de la monedas emitidas por los bancos centrales, las criptomonedas están, como el oro, limitadas en cantidad y descentralizadas de un emisor autorizado único. Pero el hecho de que, de entre todas las criptomonedas actualmente disponibles, el bitcoin haya sido la que más volumen ha atraído mayor revalorización ha sufrido, ha sido por decisión arbitraria y retroalimentada de sus compradores, que se sumaban a la subida simplemente porque veían el precio subir y más inversores acudir.

Es decir, si la subida del bitcoin se debiera a una generalizada pérdida de fe de las monedas fiat tradicionales, o un cambio de preferencia de liquidez por parte de los inversores, tendríamos que ver una fuerte correlación en el movimiento con el resto de valores refugio. Es decir, una subida similar en el oro, la plata y resto de criptomonedas. Algo que no ocurre; lo que me lleva a pensar que quizá, más que un nuevo Nirvana, el bitcoin está, por lo menos en el medio plazo, en un proceso de burbuja similar a la ocurrida con los tulipanes de cierta ciudad Holandesa a principios del siglo XVII.

Aún así, el valor teórico como refugio de riqueza líquida es perfectamente legítimo en una criptomoneda, pues no se puede falsificar ni multiplicar (devaluar) como hacen los gobiernos con sus monedas.

Pero son varias sus debilidades. En primer lugar está su arbitrariedad de elección (cualquier puede crear una criptomoneda nueva desde su ordenador y ponerla en el mercado via una ICO). Después su altísima volatilidad (es difícil que uno piense en ahorrar en algo en un activo con una volatilidad mayor al 50%). También la posibilidad real de que los gobiernos prohíban su uso en el futuro si ven en ellas una amenaza al sistema financiero actual y/o al cobro de impuestos. Y finalmente pero no menos importante, en su total dependencia tecnológica y su potencial vulnerabilidad criptográfica.

El bitcoin —y por extensión todas las criptomonedas— depende de la tecnología para que sea útil en la práctica. Sin Internet o electricidad, el bitcoin pierde totalmente su capacidad como moneda y queda reducido a un divertimento matemático abstracto. Esa dependencia la hace frágil frente a imprevistos catastróficos, como por ejemplo un evento Carrington, o una degradación de la civilización en la que el acceso a internet y la electricidad no estuviera tan extendido como actualmente.

Además, el advenimiento de ordenadores cuánticos en los próximos años podría poner en peligro los algoritmos de cifrado que usa la tecnología blockchain, pudiendo “hackearse” tanto el anonimato como la propia moneda, actualmente a salvo gracias a las limitaciones de la tecnología informática actual “no-cuántica”.

En resumen, para los más pesimistas respecto al futuro de nuestra sociedad —o para los más prudentes, sería mejor decir—, tanto su arbitrariedad como criptomoneda, como su dependencia de la tecnología, colocan al bitcoin (y resto de criptomonedas) necesariamente por detrás del oro a la hora de proteger a largo plazo la riqueza en cualquier escenario futuro posible e impredecible.

Especulando

Mi opinión personal es que, aunque la teconología blockchain ha llegado para quedarse y cambiar el mundo, con las criptomonedas se está viviendo (escribo esto a principios de 2017) una burbuja similar a la que ocurrió a finales de los años ’90 con las punto-com. En la época de explosión alcista del NASDAQ, cualquier cosa con una página web terminada en “.com” valía para salir a bolsa y subir un 100% el primer día de cotización. Tuvo que ocurrir el crash del 2001 para cribar el grano de la paja y que la dinámica de burbuja fuera sustituida por el sentido común de una contabilidad cabal.

Con las criptomonedas podría suceder algo similar. Entre los cientos, miles de proyectos punto-com de finales de los años ’90, no podíamos saber entonces que los ganadores serían Google, Facebook (que ni siquiera había nacido entonces), Amazon, etc. y que AOL, Terra, Yahoo (en la cresta de la ola entonces) acabarían desapareciendo más o menos rápidamente. Con las criptomonedas hoy no sabemos si, efectivamente, van a servir de refugio de valor y/o alternativa a las monedas fiat, y en ese hipotético caso, no sabemos —de entre los cientos de criptomonedas disponibles— cuales serán las futuras Google y Facebook que sobrevivirán y coparán el mercado.

Hoy parece que el Bitcoin está ganando (aunque con la volatilidad del Bitcoin esto cambia día a día), pero otros competidores como Ethereum y Ripple empiezan a asomar sus orejas en el horizonte. Al igual que entonces, no sabemos dentro de 10 años cuál sera el ganador/es (incluso puede suceder como en el caso de Facebook, que todavía no haya nacido la criptomoneda ganadora). Quizá lo más sensato, dentro de la insensatez de apostar a este tipo de juegos, sea esperar al primer crash importante de las criptomonedas y seleccionar entonces las que sobrevivan para construirse una pequeña cesta con ellas a largo plazo.

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